
¡Hola, clase!
Tras la revisión del módulo 1 y los podcasts, me gustaría dedicar esta entrada a señalar una serie de ideas clave en cuanto al arte sonoro. En primer lugar, podríamos hablar de que se trata de una práctica expandida que desafía las fronteras tradicionales de la música, algo que me recuerda (probablemente por mi contacto con la disciplina) al dibujo expandido.
El texto gira en torno (con el propósito de ejemplificar lo explicado) a J. Cage, M. Neuhaus, R. Murray Schafer y S. Kim-Cohen. Estos artistas, aunque no coinciden por completo en su pensamiento, ponen de manifiesto que la diferencia que existe entre música y sonido reside en el modo en que son escuchados e interpretados. De este modo, es la propia acción de escuchar la que determina la naturaleza artística de una pieza.
Me ha llamado especial atención la obra/instalación de Times Square (1977), de Neuhaus, sobre todo por mezclar el espacio (una zona bulliciosa y concurrida del mundo), el parecido del sonido a un zumbido y el hecho de esconder la propia instalación. Se deduce, gracias a este ejemplo entre otros, la importante relación que existe entre el sonido y el espacio. Con instalaciones como Times Square, vemos la delimitación física existente para este tipo de arte en galerías y museos (diseñados para un arte visual) y cómo el arte sonoro se puede escapar de esos formatos de exposición tradicionales. El espacio puede transformar la obra hasta dar un giro de 180º; un ejemplo de ello puede ser I Am Sitting in a Room (1969), de A. Lucier.
En cuanto a los podcasts de Genealogías Sonoras, creo que se puede ampliar toda esta información a través de estudios y ejemplos prácticos de artistas que han explorado estas formas de escucha. Por ejemplo, en el caso de Roland Ryan, explora la música electrónica y la composición algorítmica; con ello, creó música cibernética utilizando sistemas electrónicos que generan composiciones autónomas. También podríamos hablar de Pauline Oliveros y su concepto de “Deep Listening” (término que me ha llamado la atención), una escucha profunda y consciente, más tratada como una filosofía de la atención plena e interacción con el entorno sonoro.
Otros artistas que podemos mencionar son Eliane Radigue y Mika Vainio. En el caso de Radigue, el análisis habla de transiciones graduales y tiempos expandidos que van esculpiendo el sonido; esa experimentación cambia a raíz de una conversión religiosa, teniendo un enfoque más introspectivo y contemplativo. En el caso de Vainio, por otro lado, experimentó con la textura sonora industrial y el uso del ruido, generando sonidos con una intensidad particular a través de un empleo mínimo de los elementos.
En resumen, a través de este material podemos reflexionar acerca de, por un lado, los límites de la música y el arte en general y, por otro, de las relaciones que existen entre el espacio, el cuerpo y la percepción. Además, también se desdibujan las fronteras entre creador y receptor, fenómeno que veo lógico dado el contexto de los artistas mencionados, un momento histórico en el que cada vez más se experimentaba con el cambio de roles y la co-creación a través del happening o el fluxus; es posible que, en el caso del arte sonoro, esta disolución de papeles aún se haga más evidente dada la propia naturaleza del sonido, que envuelve e involucra el cuerpo del receptor de manera incontrolable. Además, con esta práctica expandida, ya no sólo nos cabe hablar de música, sino que incluso se nos expone el término de sonido no coclear gracias a Kim-Cohen, entendiendo este tipo de arte no sólo con el límite de la escucha física sino también comprendido conceptualmente.